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Cerveza Checa: tradición milenaria en el siglo XXI

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Tradición, historia, leyenda, calidad, modernidad…. Conceptos que, en algún caso, pueden llegar a parecer antagónicos, pero que se hacen uno cuando hablamos de la cerveza checa, un producto que define un país y que se ha convertido en una de las señas de identidad de la República Checa a nivel mundial. La cerveza checa es el resultado de más de mil años de elaboración. Es el fruto de una tradición que ha sabido evolucionar y que apuesta sin complejos por el I + D para convertirse en un producto líder a nivel global.

Pero, ¿por qué la cerveza checa es un modelo de éxito? La respuesta está en la historia y en la tradición, claro está, pero también en el clima, en la abundancia de ingredientes Kilómetro 0; en la calidad del agua; en el cultivo de los mejores lúpulos del planeta como el de Saaz, ideal para la cerveza tipo Pilsner, y en el respeto por una forma de concebir la elaboración de la cerveza y su consumo que la convierten en un producto de máxima calidad. Ahí está el secreto. No hay otro.

La pasión de los checos por la cerveza viene de antiguo. Hereda una forma de entenderla que se remonta al año 993, allá en el siglo X. Es en esa fecha cuando se documenta por primera vez la elaboración de cerveza en el Claustro del Monasterio de Brenov. Desde entonces, hasta ahora, la pasión por la cerveza bien hecha ha logrado que los checos sean los mayores consumidores del mundo, con una media de 160 litros por persona y año, y que hayan convertido a su cerveza en Marca Registrada desde el año 2008.

Sólo hace falta visitar el país el 27 de septiembre y celebrar el Día Nacional de la Cerveza en una de las míticas cervecerías para disfrutar de una tradición que en el año 1712 llego a hacer posible que existieran en el país cerca de 1.300 cerveceras, y que posibilitó que la primera escuela para maestros cerveceros se estableciera en la región de Bohemia en el siglo XVIII.

En Chequia, durante muchos siglos, sólo los monasterios tenían autorización para elaborar cerveza. Esa prohibición fue derogada en el año 1250 y ciudades como Budejovice, Pilsen, la ‘cuna’ de Pilsner Urquell o Svitavy fueron las primeras en tener una producción propia.
El binomio cerveza & checos va más allá de lo retórico. No se entiende la vida en la República Checa sin su relación cotidiana con la cerveza. El primer libro de recetas gastronómicas de la historia del país recogía consejos para elaborar sopas, salsas y guisos con la cerveza como ingrediente principal.

Durante muchos siglos, la cerveza se elaboró en las ciudades y pueblos checos de puertas para adentro, en las casas. Una filosofía de elaborar cerveza que entronca directamente con la forma de entender en España el vino, que durante siglos se elaboró en bodegas caseras, apostando por la producción propia y formó parte esencial de la dieta de generaciones de españoles.

Hoy en día, son medio centenar de grandes cerveceras las que sostienen la bandera de la cerveza checa a nivel mundial. Entre ellas están Pilsner Urquell, que para muchos es la cervecera de referencia de la República Chequa, y Velkopopovicky Kozel, una cervecera fundada, como Pilsner Urquell, en el siglo XIX y que ha sabido transitar a lo largo de dos siglos manteniendo la esencia de su apuesta original.

Las cerveceras checas constituyen, no obstante, la punta de una extraordinaria pirámide que empapa todas las capas de la sociedad checa. Una visita a Praga, Pilsen, Saaz o Ceske Budejovice, por citar algunos ejemplos, muestra una rica cultura cervecera que empieza a pie de calle, en las centenares de cervecerías que existen, en las que en muchas de ellas se sirven cervezas de una sola marca, y donde, según manda la costumbre, se “entra pronto para salir pronto”, ya que suelen cerrar sus puertas no más tarde de las once de la noche.

Tomarse una cerveza en una de esas míticas cervecerías como Novomestsky Pivovar, con 120 años de historia, U Fleku, un local donde se consumen 250.000 litros de cerveza al año, el equivalente a toda la producción de una cervecera craft de tamaño medio-alto en el mercado español y que se fundó en el año 1499; o U Pinkasu, que abrió sus puertas en 1843, es participar en un auténtico ritual con unas normas estrictas avaladas por siglos de tradición. Los checos tienen su propia forma de tirar la cerveza, de brindar y de medir su graduación. Hasta en eso han establecido su propio e irrenunciable código. Los checos hacen honor sin dudar al dicho popular en Saaz (Zatec en checo), la cuna del lúpulo checo, que reza que en “la taberna se vive mejor que en el mundo”.

Por ejemplo, los grados de las cervezas checas se establecen según una escala llamada de Balling y que mide el tanto por ciento de malta que contiene al ser elaborada. A más porcentaje de malta, más alcohol. Una ecuación que se convierte en placer cuando la cerveza se sirve en jarra de cristal y es tirada según algunos de los tres estilos clásicos de tiraje que cerveceras como Pilsner Urquell han convertido en dogma de fé: Na Dvakrat; Hladinka y Mliko, cada uno concebido para disfrutar de una forma diferente de beber la cerveza.

Si la cerveza estilo Pilsner es la más consumida en la República Checa, no debemos olvidar la existencia de una rica paleta de estilos. El estilo Pilsner tiene la denominación de origen en estas tierras. Fue ‘creada’ en 1842, en Pilsen y por Pilsner Urquell, que tiene el privilegio de detentar la receta original, a la que se mantiene fiel desde aquella fecha. Un buen representante de las lager dark es Velkopopovicky Kozel, y también abundan las cervezas ‘con sabor’; Porter o cervezas de trigo, estilos tradicionales que conviven con las nuevas tendencias que van surgiendo por influencia de estados unidos.

Esa pirámide de la que hablábamos con anterioridad se extiende por una amplia red de museos que exhiben la historia de la bebida nacional. Muchas cervecerías incorporan exposiciones permanentes. Para los amantes del estilo de Pilsner, visitar la fábrica de Pilsner Urquell en Pilsen es toda una experiencia sensorial. Como también lo es el visitar el Museo de la Cerveza de Praga, la ciudad donde corre la leyenda que la cerveza es más barata que el agua embotellada, y en donde el tranvía tiene su cerveza propia que se puede degustar en un pub temático situado al final de la Línea 11. No obstante, para los amantes del lúpulo, la visita obligada está en Saaz, una pequeña ciudad de 20.000 habitantes que es la sede del Saaz Hop Museum. También existen spas temáticos con la cerveza como protagonista, como el Marianske Lazne, uno de los balnearios más lujosos de Europa en el siglo XX y que en una de sus salas de baños, llamada Chadovar, puede disfrutarse de un baño relajante con levadura, vitamina B, minerales y plantas aromáticas con la cerveza como protagonista y que al decir de muchos, resultan paliativos para problemas en la piel, el cabello o las uñas.

Y por supuesto, cuando disfrutemos de una cerveza checa, no olvidemos brindar como manda la tradición, pronunciando en voz alta la mítica fórmula: Na Drazvi

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