
Esteve Puigpinós, maestro cervecero de Cerveza 90 varas
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El director general de la mayor cervecera española reconoció este año que no se atreve a poner suelo a la caída del consumo de cerveza. Cuando el líder del mercado dice eso de su producto principal, conviene mirar dónde está poniendo el dinero.
El Informe Socioeconómico del sector cuenta dos historias a la vez.
Una: el consumo per cápita cayó un 4,4% en 2025, hasta 50,7 litros, con la hostelería retrocediendo un 2,4%.
Otra: la cerveza sin alcohol creció un 4,6% y ya supone el 14% de todo lo que se bebe en España. Una de cada siete.
Lo que están haciendo las grandes compañías no es pelear por revertir esa caída. Es gestionarla, y hacerlo con tres movimientos:
- Monetizar la transición en lugar de combatirla, con objetivos corporativos explícitos de peso del sin alcohol en cartera.
- Construir, sobre su conocimiento del cereal, una nueva generación de bebidas no alcohólicas: tostadas 0,0, IPA sin alcohol, radlers de malta y zumo. No compiten en el lineal de la cerveza; compiten en el del refresco. Y por el camino esquivan el impuesto especial (cero euros por hectolitro hasta 1,2% de alcohol) y las restricciones publicitarias del alcohol.
- Reposicionarse como proveedores integrales del bar. La distribuidora de una de ellas trabaja con más de 500 marcas de todas las categorías. La cerveza deja de ser el negocio para ser la puerta de entrada.
Conviene la honestidad: no hay derrumbe, hay estancamiento gestionado. La producción española incluso marcó récord en 2025 y las exportaciones subieron cerca de un 8%. Y la 0,0, hoy, más que canibalizar, amplía ocasiones de consumo.
Pero la lectura para quien elabora en un pueblo es clara. Si los grandes se convierten en plataformas de bebidas, el terreno que dejan libre —el origen, la experiencia, la cerveza como producto agroalimentario y no como referencia de catálogo— es exactamente el nuestro.
España tiene además la cadena completa en el mismo territorio: cebada maltera, maltería, el 91% del lúpulo español y las fábricas. Aquí, en Cerezo de Abajo, eso significa agua de Somosierra, lotes pequeños, doble fermentación y nada más que lo que permite la Ley de Pureza.
No lo vemos como una amenaza. Con una sola condición: que lo que contemos sea verificable —ingrediente de aquí, fábrica de aquí, manos de aquí— y no otra etiqueta más. En eso estamos.




