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Quién es quién en la cerveza en España: Teresa Galván y Arnau Rovira, Cerveza Espiga

Teresa Galván y Arnau Rovira, tanto monta, monta tanto, conforman un dúo que ha conseguido formar, partiendo prácticamente desde cero , un proyecto cervecero sólido y muy respetado tanto en Cataluña como en el resto de España como es Espiga, una de las cerveceras de referencia hoy por hoy en el mercado craft.

Catalán y cántabra y ambos biólogos de formación académica, fue la mujer de Arnau, quien hizo de nexo de unión para convertir una afición en una profesión en la que han ido pasando por todos los pasos posibles de la larguísima escalera que lleva al homebrewer de afición a tener una fábrica propia, con la inversión que ello conlleva, y, además, conseguir un nombre asociado a una marca respetada.

La aventura comenzó hace poco más de ocho años. Como otros cerveceros que han terminado convirtiendo en oficio lo que era una mera afición, Arnau conoció de primera mano la cultura cervecera que existe más allá de los Pirienos durante un curso de Erasmus en tierra vikinga, Dinamarca. Del norte volvió con la curiosidad a tope, circunstancia que acentuó el estudio en la Facultad de Biología de una asignatura con un epígrafe más que sugerente: ‘Producción de cerveza’. La mecha estaba encendida. Comenzó a hacer cerveza en casa, producciones de apenas 20 litros pero suficiente para reforzar la idea de que lo que hacía, lo hacía bien. Eran tiempos en los que trabajaba en una gran empresa como Gallina Blanca y Espiga no era más que un sueño aún ni siquiera esbozado.

Un master de Agrobiología y la pareja de Arnau, fueron el nexo de unión con Teresa, una cántabra que se había sumergido en el mundo de la cerveza en una estancia en una de las cunas del sector, Alemania. Fue la espoleta necesaria para que naciera Espiga.

La primera ‘sede’ de Espiga fue en una de las tiendas míticas de Barcelona, ‘Roses I Torrades‘. Su trastienda fue el laboratorio donde Teresa y Arnau comenzaron a hacer sus primeras elaboraciones. Sus inicios en el mundo profesional, muy modestos, fueron trabajando con estilos belgas; después vino la experimentación con lúpulos. La rueda ya había comenzado a rodar de forma imparable. Por el segundo escalón transitaron como cerveceros nómadas. Su primera cerveza la elaboraron en Guineu. Arnau recuerda que «en su fábrica, hicimos una pale ale, estilo inglés y sencilla«. El mundo nómada, sin embargo, no les daba para dar el paso definitivo, para cruzar su ‘rubicom’ particular. Teresa y Arnau seguían trabajando en sus empresas. Arnau en Gallina Blanca y Teresa en una empresa de semillas.

El paso de gigante definitivo fue cuando, entre 2013 y 2014, se embarcaron en el proyecto de montar una fábrica. Un proyecto gigantesco del que descorrieron la cortina un 28 de febrero y del que ya han cumplido cinco años. Con la fábrica en marcha, Arnau recuerda que «ya empezamos a producir tres estilos» y añade «hicimos una de nuestras referencias míticas como es la IPA Garage, en respuesta a unas famosas declaraciones de un directivo de la Damm en las que se metía con los cerveceros artesanos».

Rovira admite que, en todo este espacio de tiempo, «hemos ido rápido pero siempre con un crecimiento sostenido y continuo, sin un gran boom», una forma de hacer las cosas que se ajusta perfectamente en una filosofía en la que han ido cubriendo etapas sin prisa pero sin pausa. Esa dinámica se refleja también en una fábrica en la que empezaron con un pequeño obrador y tres fermentadores de 1.000 litros que luego pasaron a ser de 2.000 para hacer doble cocción y finalmente llegaron los de 4.000 y 5.000 litros.

Ahora, con una producción que superó los 150.000 litros en 2018 y más de 50 variedades registradas en Untapp, Rovira echa la vista atrás y reconoce que uno de sus orgullos en todo este tiempo está «cuando hicimos el primer lote de la Blonde Ale, una cerveza lupulada, fresca y que, cuando la probamos por primera vez fue una explosión de aroma y sabor».

En Espiga, viven por el «producto final y los retos que esto supone» y reconocen que trabajan con «un producto social y eso nos gusta». En un guiño a su profesión que no fue y que ahora es a través de la cerveza afirman que «como biólogos, nos gusta experimentar y probar cosas. Muchas veces, estamos ante estímulos intelectuales y también, por qué no, es un reto empresarial porque empezamos Teresa y yo y ahora somos siete personas».

Sobre el futuro, Arnau no duda en avanzar unos cuantos años y verse «jubilado trabajando en esto«. Por delante, les queda mucho camino. La fábrica no puede crecer mucho más, admiten, pero aseguran que los proyectos no se acabarán. Escucharemos mucho más de Espiga. Eso es seguro.

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